viernes, 24 de abril de 2015

Narraciones

1.The Silence town


A veces me escapo de casa y corro hacia la espesura del bosque.
Una de esas veces me perdí durante mucho tiempo hasta que llegue a una aldea oculta entre las montañas.
De lejos contemple una comunidad muy especial. Al acercarme me llamó la atención el hecho de que no utilizaban las palabras para comunicarse, ni siquiera utilizaban ningún sonido. Hasta los árboles permanecían callados cuando el viento soplaba fuerte.
Su lenguaje era sordo, descubrí que se comunicaban por gestos y formas. Si se sentían tristes andaban encorvados y abatidos, si estaban felices caminaban altivos y saludando a todo el mundo.
Hasta las flores se venían arriba cuando el sol las alumbraba o las nubes se ponían negras para avisar de una tormenta.

A pesar de estar sumergidos en el más profundo silencio yo sentía que en todos lados hubiera una melodía constante y calmada que mantenía el lugar con una mágica armonía. Podía oír como crujían las hojas al ser pisadas, podía oír un beso y también oía los gritos.

Sus sutiles movimientos eran muy expresivos y nada exacerbados, por lo que con sus miradas y gestos bastaban para entenderse.






2. Una rosa para Julia



Tengo una rosa justo en el centro de mi salón.
La planté entre las tomateras porque es una sorpresa para mi hija Julia. Ella sólo ha visto rosas en fotos y esta fascinada con esta flor. Le va a hacer mucha ilusión ver una de verdad y seguro que le encanta su olor y el tacto de seda de sus pétalos.
No tardará en salir del colegio así que mientras me he preparado un mate y paro a observar la rosa. Hablo con ella y le cuento lo bella que es. Me recuerda mucho a las mejillas de mi hija cuando no para de correr o a sus rodillas cuando se cae y le quedan coloradas.


 Ojala mi hija viviera para verla....



3.Vistas al kaos organizado

Me siento en un café y observo el kaos.

Beber sin sed,
Comer sin hambre,
Hablar por hablar,
Ojos nublados,
Oídos que no oyen.

No cesan de dar vueltas en círculos perfectos.
Esta masa destructiva se aviva, la oscuridad va nublando su idiosincrasia.
La conciencia entrentenida subida en los lomos de entes sin cabeza. 

                                                                                                                               

Siento como cortan los árboles para tener vistas a la nada.
Mi pecho se consume en este árido desierto



4. ¿LIBERTAD?



           A veces fantaseo creyendo ser libre pero cuando echo a volar me dio cuenta de que mis alas están rotas.

 LIBERTAD.

 ¿Puede existir o yo no logro verla?

Intento pensar por mí misma pero me siento un ser pensado y me exijo una respuesta. Estar en este estado me avergüenza. Mi imagen está incompleta hasta para mí misma. No tengo libertad de conciencia.
 Por eso me desnudo cuando siento que nadie me mira.
Cuando me siento protegida y sé que no van a descubrirme. Como quien sabe mirar con los ojos abiertos y al cerrarlos aún te intimidan.

 Los ojos de fuera y los ojos de adentro.
Ambos son focos que iluminan el camino.
Hay ciegos de ojos lisiados y hay ciegos de ojos vendados.
Hay quien teme la soledad y la intimidad.
Quedarse atrapado de uno mismo, de su propia ignorancia.
Con la voluntad alienada la sensación es propia del vacío.
O pensar demasiado en uno mismo y estar ausente de todo cuanto está ocurriendo alrededor.
Yo lo llamo perder el norte.
 
La vida se esfuma mientras damos vueltas sobre un eje descordenado.
Perdiendo el tiempo en elecciones absurdas, en vicios ya viciados.
Olvidando lo que importa.
¿Y qué importa? Ya no hay valores. No valen porque no se siente y menos se piensa lo que siente.
Nos abrumamos con adornos.
Los lujos nos apartan de la vida real.
La vida es una experiencia intensa.
Se infunde su miedo y se vende comodidad.
Se crean necesidades innecesarias.
Contagian la locura interiorizada en la conducta cotidiana.

Las palabras están perdiendo su sentido. La comunicación se desvanece entre el bullicio de la gente. 
Mejor calló y me dejo sentir. Como cuando estamos a solas. Mi respiración habla por mí y los ojos tienen su propio lenguaje.




5. La basura

      Aquí y ahora estoy sentada. Observo y medito y así me surge un sentimiento que me revuelve el estómago, que me forma un nudo angustioso. Parezco una colilla más en la inhóspita estampa.

 

Parece ser que el último escalón es la basura, mucho después que la ignorancia o la injusticia, mucho más por debajo esta la basura. Algo que ya no tiene uso, inútil completamente. No se puede hacer nada con ella. No se sabe si es mejor amontonarla y enterrarla bajo el suelo como un mal recuerdo o dejarla esparcida por el medio. Yo estoy participe con la segunda opción, voy a explicar el porqué:
No se puede ocultar toda la mierda junta debajo de la tierra, que hipocresía y que injusticia para la tierra. Pero si la basura nos acosa y esta presente en todo momento puede que empezamos a actuar de dos modos distintos:

 1.      Que nos acostumbremos a vivir rodeados de mierda y esperar al agotamiento de los recursos, a la explosión de la tierra o morir de epidemias, enfermedades, contaminaciones...
2.      Acabar hartos de la situación, adquirir una conciencia social y hacer algo con el deshecho que cada uno formamos día a día.
 Ocultar la mierda y amontonarla nos llevaría a una explosión mierdosa, pero esta mal hablar de mierda pues no hay comparación entre la mierda y la basura.

Así esta mentalidad caerá por su propio peso. El deshecho se cree inútil, el último escalón, no se puede hacer nada con ella, nos resignamos a reutilizarla, la enterramos y cerramos el orificio con llave.
Sin embargo el espacio habitable no es infinito, no hay espacio para guardar tanto deshecho ni tampoco hay recursos infinitos para agotarlos con tanta precipitación. No damos tiempo a la renovación.
La tierra se convierte en un manto de basura cotidiano. Nuestras vidas se hacen compañeras de la basura. Lo próximo será la amistad, el amor, el conflicto y la resolución pacífica o no. Quizás gane la basura.

El contexto está impregnado de ignorancia humana. Los niños aprenden a jugar entre la basura sin advertir que su presencia hace daño y que su responsabilidad es ajena:

          Los pájaros han sido sustituidos por bolsas transparentes que divagan por el cielo. Las hojas son tetra-briks de zumo aplastados en el suelo, pisados una y otra vez, sin ser percibidos. Las nubes se comprenden por nebulosas de humo y gas. El sol es una lámpara lejana y ajena que importa menos que la bombilla de esta habitación. El agua corrompida del pilar hace emerger los peces a la superficie que se arropan entre bolsas de chucherías. Las hormigas sobreviven dentro de una lata de coca-cola. Las palomas vienen a devorar todos los restos que han dejado los niños por el suelo.
Y si echamos imaginación al asunto y apreciamos el futuro cercano, la basura se convertirá en pan de cada día, la protagonista de nuestras vidas.



6.El jardín de los sueños

Siempre que termino de comer me gusta tumbarme en el jardín de mi casa.
El jardín de mi casa parece una selva; el césped esta muy alto al igual que las flores, las palmeras y los setos.

Me gusta tirarme en entre el césped  y cubrirme con las margaritas y vestirme de verde y marrón con muchas  hojas . Mientras veo como me sobrevuelan las mariposas.

Al rato de estar tumbado empiezo a pensar cosas.
Pienso en la discusión con mi jefe,
pienso en la chica que me gusta,
pienso en la puerta que hay que arreglar
o el cuadro que siempre he querido pintar.

Más tarde me quedo dormido y empiezo a soñar,
sueño con todas aquellas cosas que me da miedo hacer.
Sueño que insulto a mi jefe y se queda pasmarote,
sueño que beso a Ana y ella se deja,
sueño que destrozo la puerta a martillazos
y que cuelgo en la pared el lienzo en blanco.




7.Pensamientos de fuego


         El agua, que siempre ha sido agua, estuvo cansada de serlo se empeño en que quería ser fuego. Decía que a la gente parecía no importarle demasiado, que la mal gastaban y hacían un mal uso de ella. En cambio el fuego era respetado y todo el mundo lo tomaba muy serio. Entonces buscó al fuego por todos lados para apagarlo y quedarse con su poder pero el fuego al ver que el agua lo estaba buscando se escondió en lo más profundo del centro de la tierra.
El agua, desesperada ya, hizo crecer pensamientos de fuego en los ríos, en los pantanos, en los lavabos y hasta en la wáter de tu casa empezaron a crecer estas lindas flores que se encargaban de dar la señal si veían a fuego aparecer.
Fuego estuvo muchos años solo y escondido. Así que un día decidió cavar un túnel a la superficie para ver de nuevo a sus amigos. Así cuando menos lo esperaba el agua, fuego salía por la chimenea de los volcanes y por unos momentos volvía a sentirse libre.
Pero los pensamientos de fuego se extendían ya por toda la tierra y finalmente un día vieron a fuego salir. Avisaron al agua que apareció rápidamente. Fuego regresó por la chimenea del volcán y el agua lo siguió por los túneles de agua subterránea. El agua se acercaba cada vez más al fuego y a la vez se iba haciendo más pequeña hasta que cuando casi lo alcanzó, se evaporó totalmente volviendo a la superficie y convirtiéndose en una esponjosa y mullida nube, que más tarde se hizo lluvia para convertirse en un charco y este ser absorbido por la tierra para llegar de nuevo a los túneles de agua subterránea y continuar su búsqueda. Pero el agua se volvía a evaporar una y otra vez.
Así el Fuego ha permanecido escondido en el interior de la tierra y aparece de vez en cuando mientras el agua incasable lo sigue buscando y así se forma el conocido ciclo del agua.





8.COMO LA VIDA MISMA

            Ahora que mi respiración se ha parado y mi corazón se ha congelado en este duro invierno, las imágenes vienen a mí narradas como un misterioso cuento. Yo era aquel gran árbol que sobresalía en la espesura, con miles de ramas que brotaban de cada experiencia, con cientos de raíces que se entremezclaban con otras plantas de la frondosa vegetación que habitaba en tan agradable entorno. Un nuevo árbol crecía a mi lado y necesitaba toda mi energía, sus suplicas venían a mí en forma de raíces que querían enlazarse con las mías para crecer juntos. Como un ruido de sonidos dispares, cada tono de su voz me sorprendía, haciendo que me aferrase a una idea distinta en sus diferentes gestos y situándome en una situación aislada de toda predicción posible. Nunca había tenido un compañero tan íntimo y podía notar como el más leve impulso de mi aliento afectaba al vulnerable movimiento de sus palabras, al contorneo de sus formas y al pestañeo de sus hojas. En la selva todo es muy intenso y uno se rodea de los colores más profundos, se puede respirar a vida, asumiendo que el peligro acecha constantemente y aceptando que nuestra única función al existir es la de existir en sí mismo sin más. Dicho esto, nuestra única preocupación era la idea de existir o la de no existir. Sin ningún problema, mis raíces se volvieron a compartir, sabiendo que esta nueva unión me haría más vulnerable, pues de entre todas mis arterias compartidas, la más importante de ellas me conectaba con este nuevo ser que crecía a mi vera y él se haría cada vez mas fuerte mientras yo iría debilitándome, pues yo tenía ya mis años y las nuevas especies crecen con fuerza.

 Al principio la savia nos brotaba a borbotones y la intercambiábamos con alegría,  pero había momentos que notaba como aquella unión se tensaba, tanto se estremecía nuestro flujo, tanto que nos agobiábamos y nos estresábamos asumiendo el riesgo de que podía quebrarse el lazo que nos hacia dependientes el uno del otro. Él creció notablemente mientras mi flujo encontraba dificultades para llegar a todos los extremos y se atascaba en muchos tramos. Si no hubiera sido por aquellos chutes de savia que me venían de fuera, me hubiera secado en el primer verano, pero sobre todo me mantenía con vida el hecho de saber que otra vida surgía bajo mis raíces y que tenía que mantenerla.  Durante las tormentas  preveníamos las adversidades que podían debilitar nuestra relación pero es en el silencio de la calma cuando se oían los crujidos de las ramas rotas y como después caían al suelo. Durante los arduos veranos los árboles heridos terminaban de secarse, cerrando sus párpados por la falta de agua. Pero en el invierno  algunos árboles mantenían su vida suspendida, esperando a que la temperatura subiera para volver a dejar a correr su savia. A lo largo de los años he perdido muchas ramas y he cambiado miles de hojas, en cambio mis raíces son las mismas, pero más viejas y rugosas. Yo temía que un día aquellas arterías se secasen, que mi gran compañero también cayese por mi culpa o que contrajéramos alguna enfermedad que nos pudriese lentamente por dentro. Aquellas ideas germinaron en mi cabeza como un virus y pronto me vi avasallada por muchas otras más que no dejaban de golpearme. Aunque el crecimiento de mi compañero empezó siendo lento, pronto alcanzo un gran tamaño, agrandando sus raíces y haciendo nuestro vínculo cada vez mayor. Nuestra gran raíz compartida estaba al aire, se podía ver claramente como ambas se buscaban y se fundían por encima de la tierra. Los hombres podrían cortarla para abrir paso y no tropezar con ella, los animales podrían roerla, la lluvia podría enmohecerla o un mismo rayo podría partirla. Tal preocupación no existía en mi compañero, el crecía cada vez más fuerte y más ampliamente, mostraba sus grandes raíces con exhibicionismo, diariamente ocupaba más lugar del bosque, siendo más visible para todos, atrayendo más fauna y por supuesto dándome más sombra porque me había ganado en tamaño y teniendo mis años ahora era yo quien podía vivir gracias a él.  Pronto sería una plantita comida por la selva. Subían las temperaturas alejando el inverno de nuestro entorno, empezaba a flaquear, mis flores no eran tan abundantes en primavera y algunos animales empezaban a habitar en las zonas huecas que ocultaba mi corteza. Me sentía muy agobiada por esta idea, me gustaba la selva y el hecho de existir bajo cualquier forma, no entendía porque yo había empeorado tan rápidamente,  a mi alrededor había otros ejemplares mucho más antiguos que yo y en mejores condiciones. No se les veía estresados, aunque algunos de ellos estuvieran mutilados, hasta se podía ver como un árbol en concreto se torcía de tan bella manera hacia un lado, causa del peso desajustado que llevaba soportando durante años. Yo en cambio no podía quejarme, tan solo en el crecimiento tuve que esforzarme mucho para salir adelante pues algunos animales debilitaron mi estado comiendo de mis tallos más débiles. Pero una vez pegue el estirón,  fue muy emocionante coordinar todas aquellas funciones a unos niveles tan altos, nunca sufrí una mutilación aunque sí que tuve varias fracturas que se recuperaron con el tiempo y de las que sigo conservando algunas cicatrices y bultos. Sentía envidia por el resto de árboles, me parecían todos más fuertes y dignos que yo. ¿Podría sufrir un árbol de ansiedad? Yo la sufría pero nadie parecía advertirlo, era una enferma más entre miles de árboles en proceso de desintegración. Tenía que mantener el contacto con las millones de hojas, soportar las miles de ramas que divergían de mi erguido tronco, que se alzaba hacia el cielo como si quisiera asomarse a ver el mismo universo, abriéndose paso en una densa manta verde para absorber el menor rayo de luz que se filtrase, pero sobre todo tenía que mantener fluidas aquellas raíces que se hundían en el subsuelo y volvían a aparecer unos metros más adelante. Me sentía mayor para luchar por la supervivencia, me angustiaban muchos factores que podrían desmejorar la relación que manteníamos aquel nuevo árbol y yo, en un futuro seremos insostenibles y la propia selva nos devorará sin piedad. Y bajo ningún concepto quería que esto ocurriera. Si uno de los dos debilita, será comido por el otro,  si uno enferma el otro morirá también por contagio, aquello que nos daba la vida también nos la podía quitar. Es notable que esta sensación me angustiaba, me sentía responsable de lo que ocurría aún sabiendo que no teníamos opción. Las raíces se mezclan con el entorno y uno crece buscando la luz, el hecho de haberlo hecho en una dirección u otra es causa de las circunstancias. Si enfermaba no tenia opción de evitar contagiar a mi compañero, no podía huir y salir corriendo. Mis raíces estaban allí asentadas y nada podía cambiar eso, es como nuestra nacionalidad, un árbol que nace en la selva tendrá su origen allí aunque lo trasplanten a un parque de Nerja. Por eso hay que cuidar mucho a los árboles con los que uno tiene más relación, con los que uno comparte sus raíces, con el que uno mantiene un diálogo constante aunque parezca que la distancia os separe,  ambos sabíamos si teníamos una falta de oxigeno o necesitábamos más agua, ambos sentíamos lo que necesitábamos el uno del otro. ¿Podía él sentir mi angustia? ¿Podría yo contagiarle mi estado de ánimo? ¿Y si el se moría por mi culpa? ¿Qué podía hacer yo más que entregarme a la vida? ¿Y que era la vida sino crecer hasta llegar hasta nuestro clímax y después esperar la muerte lenta mientras somos devorados por otros seres hasta que se nos traga la tierra? Veía los días pasar y no encontraba respuesta, tampoco podía huir de mis pensamientos y de la desconocida incógnita que me hacía debilitar y verme cada vez más cerca del suelo, mientras mi compañero me seguía comiendo el terreno. Ya no me preocupaba el alzarme al cielo, mis hojas declinaban y se tornaban hacia un color pardo, mis ramas no tendían a bifurcarse sino a ser muñones que no dejaban pasar la circulación. Mis estrías resaltaban en mi cuerpo afeando sus formas y mis raíces habían perdido capacidad de absorción. Ante la gran selva que compite a mí alrededor yo me sentía como un ente débil que debe ofrecerse al mundo y aportar en su lecho de muerte la ofrenda de su cuerpo.

Sin embargo un día ocurrió algo que nos dejó a todos perplejos, mi árbol compañero despertó aquella mañana con muy mal aspecto. Nadie entendía que pudo haber ocurrido, a nadie más le había pasado. Su desmejora era muy notable, había perdido muchísimas hojas durante la noche, su color se tornaba sombrío y lo que más me preocupaba, no me llegaba apenas su flujo, la savia corría con muy poca fuerza y eso me congelaba el aliento. Según mi pronóstico estaba muerto o en fase de hacerlo. Parecía que se hubiera chupado para adentro, como si se hubiera desinflado, como si hubiera estado días sin probar bocado. Me pase el día observando cualquier signo que delatará la causa de su enfermedad, pero no se veía nada, ninguna señal en sus hojas ni en sus ramas que indicara la más mínima pista, aparte de la aparente desnutrición que mostraba. Llegó la noche y con esto aumento mi desesperación, por encima de todas las cosas quería que aquel ser que nació bajo mi techo sobreviviera, más ahora que yo llegaba a una fase terminal, alguien debía ocupar nuestro territorio. Fue la peor noche de todas, cualquier ruido me atormentaba, una pequeña brisa podía asustarme, las nubes me aterrorizaban con sus formas, la oscuridad se volvió cruel y todos los seres de la selva nos acechaban esperando a que pudieran oler a muerte. Ocuparan nuestro santuario, utilizaran nuestras ramas para nidos, tomaran cada parte de nuestro cuerpo y la esparcirán por el bosque, las hormigas se llevarán nuestras hojas, los hombres cargarán con nuestra madera y ya nunca más volveremos a ser árboles. Dejaremos de tener una función existencial para tener una función servil a los demás, dejaremos de pensar por nosotros mismos para que otros piensen que harán con nosotros cuando no podamos decidir. Todo esto me daba vueltas porque tenía mucho miedo de no saber que iba a pasar. Pasó la noche con amarga estancia, a la mañana siguiente yo me sentía más cansada que nunca y mi gran compañero ya no sostenía una sola hoja entre sus brazos. Dándole por muerto, me sumí en una gran pena y de nuevo me abordaron nuevas preguntas. ¿Y si le hubiera matado yo con mi propia angustia? ¿Le habré colmado con mis preguntas? Si ambos nos nutríamos de nosotros mismos, puede que en mis raíces también quedase mi tormento, compartiendo dicho sufrimiento con el árbol que esta frente a mí muerto. Cuando las plantas se estresan sus funciones vitales se atrofian, nos podemos atrofiar por un exceso de calor o de agua, nos estresamos por una mutilación o por una falta de nutrientes. Yo me sentía estresada por el hecho de sentir como otro ser había crecido en mi regazo y tras descubrir su bella forma envidiarlo y atormentarlo con mis oscuros pensamientos. Yo era la causa de su enfermedad por eso con el devenir de los días me fui volviendo más triste, ni los animales querían albergarse en tan penoso lugar. Mis ramas se fueron debilitando y mis raíces se alargaban buscando más alimento para este cuerpo que se consumía. Allí tenia yaciendo el cuerpo de mi cuerpo, ya no tenía una función de ser, sino de ser para los demás. Mis raíces absorberán sus restos, pero antes de que esto pasase, yo hubiera preferido morir de hambre y pena, cerrando todos mis conductos y dejando que me auto devore la carne de mi propio sistema. Pero no tenemos elección y yo desde luego no la tenía. Cada especie nace con el sino que le ha sido asignado. Mis raíces crecieron buscando la carroña y la putrefacción de aquel cuerpo disecado, pronto sus raíces y las mías se mezclaron más que nunca. Literalmente me hubiera gustado comérmelo para llevarlo dentro. Mi estado fue mejorando levemente, ambos parecíamos un solo árbol, y él asemejaba una rama podrida que saliera de mí. Llegue a crecer tanto como para que mi compañero quedara en el centro, como si estuviera abrazado por mis ramas, como si fuera un hijo protegido por su madre. Una tarde pasó algo que no esperaba y que me dejo perpleja, una de mis ramas cayó al suelo, rasgando profundamente una de las raíces podridas de mi devorado compañero. Que tremendo asombro cuando de aquella ranura aún se podía ver algo de savia pero también unas bolitas pegadas  a sus conductos. Durante los siguientes días empecé a notarme muy rara. Bichos, larvas, gusanos, cosquillas dentro de mi piel, alguien se había pegado a mis paredes interiores y me estaba absorbiendo lo mejor de mí. Hasta que no vi aquellos bichos en las raíces de mi compañero no advertí tal molestia en mi interior. Aquel maldito árbol putrefacto estaba infectado de ladillas o lo que fuera aquel espécimen que te devoraba en segundos. Aquellos diminutos animalitos se pegaban a las raíces y cortaban la conexión con el exterior, por eso perdí el flujo con mi compañero y con esto la comunicación más intima.  Yo no tenía edad para soportar una plaga de este tipo, pero mantenía la esperanza de poder salvarlo, si todos los bichos vivieran en mí, él podría sanar y llegar a revivir algún día, era cien años más joven que yo y aún podía alcanzar las vistas que tanto esfuerzo me costó poder disfrutar. Pero tampoco elegía yo quien vivía y quien moría. Así que me limite a ser un árbol y hacer como hacen los árboles. Sin poderlo evitar terminé comiéndomelo vivo. Aquellos bichos lo devoraron y no pude hacer nada más que asfixiarlo y tomarlo como parte de mí. Aquel árbol que un día me hizo sombra ahora se confundía en mi ramaje.

El verano se alejaba y de nuevo bajaban las temperaturas, guardaba la esperanza de que en el invierno aquellos bichos desparecieran con los fríos y que el destino me deparará una muerte más digna para un gran árbol. Aquel invierno llegó muy frio y yo apenas tenía savia guardada para pasar el inverno, las plantas no podemos suicidarnos por lo que advertía una muerte lenta pero ocurrió de una mejor manera. Una noche me quede congelada y aunque podía seguir sintiendo, no podía moverme, al día siguiente cayo un árbol cerca de mí y debido a nuestra rigidez me partió en dos, acabando con mi vida en ese instante. Esta es la vida que he conocido y no fui dueña de escoger otra opción, hay quien está determinado para ser ave y tener que volar por el inmenso cielo, hay quien debe arrastrase por el suelo o trepar por los árboles. No se puede elegir más allá de las limitaciones, pero hay que ser consciente del enorme potencial de nuestras dotaciones. Durante más de cien años viví en el mismo lugar, pero este mundo cambia a cada segundo porque todos los seres mutamos a cada momento,  formando entre todos un mundo distinto  y nuevo. Pero no todos podemos apreciarlo de la misma manera, yo quedaba absorta oyendo como crecían las flores en la noche, como marchitaban las hojas secas en el suelo, como oscurecía el cielo al pasar las nubes, hasta sentía el cosquilleo que me hacían los insectos al posarse en mi hojas. La selva también cambia y hace que te transformes a una velocidad vertiginosa. No me juzguen por mis actos sino por mis circunstancias.




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